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Héctor Huergo

Hola Greta, ¿cómo estás? Espero que bien, y estoy seguro que vas a estar mejor después de leer estas líneas, seguramente con la ayuda del traductor de Google. Hoy el idioma no es barrera.

Quería contarte que buena parte de tus demandas por la cuestión ambiental –que comparto en su mayor parte—tienen una respuesta adecuada y concreta. Me decidí a escribirte anoche, cuando volví de la celebración del 30° aniversario de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid). Allí el presidente actual de la entidad, Alejandro Petek, presentó un video conmovedor, que muestra la profunda transformación de la agricultura argentina. Deberías verlo. Vas a encontrar que la forma de producir alimentos en estas pampas no tiene nada que ver con lo que te enseñaron en tu Vieja Europa. Te cuento.PUBLICIDAD

"La agricultura siempre verde es el camino y podemos contribuir a la mitigación del cambio climático

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Hasta hace treinta años, acá usábamos los mismos sistemas que venían del Neolítico, hace diez mil años. Nuestros antepasados, que venían de tu continente, trajeron las mismas herramientas que venían usando desde el invento de la agricultura. Los arados y todos los instrumentos creados para laborear los suelos y preparar la cama de siembra. Fue un salto fenomenal: la revolución industrial dotó al agro de los aperos necesarios para producir cada vez más alimentos para una población cada vez más rica. Pero hubo que pagar un costo: la degradación de los suelos. La materia orgánica, es decir el carbono acumulado en los suelos desde el Origen, se oxidó y se convirtió en dióxido de carbono. Un trillón de toneladas que partieron del suelo y hoy están en la atmósfera.Newsletters Clarín Cosecha de noticias

Menos materia orgánica en los suelos significa también un cambio en su estructura. Se vuelven más “pesados”, almacenan menos agua de lluvia. Son más susceptibles a la erosión. Y esos suelos deteriorados exigen más y más laboreo, un círculo vicioso en el que está atrapada esa agricultura que tanto vilipendiás, y con razón.

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Bueno, aquí terminamos con ella. De la mano de Aapresid, un puñado de audaces innovadores liderados hace treinta años por Victor Trucco, produjeron la mayor ruptura paradigmática en la historia de la agricultura mundial. Aquí terminamos con el arado, y decretamos la abolición de todos los instrumentos de tortura de los suelos. Al principio, el motor fue el ahorro de gasoil. Pero enseguida los líderes advirtieron que sembrar bajo la cubierta del rastrojo del cultivo anterior permitía combatir la erosión. Y se vieron los beneficios: mejor conservación de la humedad, más rinde por milímetro de agua caída durante el cultivo (porque se aprovechaba la que retenían los suelos), menos necesidad de equipamiento, menos HP por tonelada cosechada. Menos pasadas, menos compactación. Más hectáreas sembradas por día de trabajo útil.

Hubo nuevos desafíos. Al suprimirse el laboreo, fue necesario sustituirse las labores de control de malezas con tratamientos químicos. Algunos yuyos se rebelaron, y entonces llegaron otras estrategias, como los cultivos de cobertura. También cumplen el papel de “evaporar” los excesos hídricos, porque es tanta la eficiencia en el uso de agua que ahora sobra y las napas suben. Esa es la principal virtud de Aapresid y sus secuaces: la mejora continua, el pensamiento puesto permanentemente en buscar nuevas soluciones y anticiparse a los desafíos.

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Sí, Greta, si te gusta eso de la Revolución Permanente, date una vuelta por acá, donde todo el sistema científico y tecnológico, y la mayor parte de los productores, están elaborando un modelo “liviano”, de bajo uso de recursos y no solo con reducido impacto ambiental. El modelo está dando vuelta la taba: la agricultura argentina brinda servicios ecosistémicos globales, porque aquí está mejorando el tenor de materia orgánica de los suelos. Es decir, estamos capturando parte del carbono que emiten tus compatriotas. Está medido.

Sí, está medido. Hoy al mediodía en la Bolsa de Cereales de Buenos Aires se lanzó el programa “Carbono Neutro”. Es una iniciativa de todas las bolsas de cereales y de comercio del interior para certificar esta nueva agricultura. Es ponerle un sello de calidad ambiental a la producción agrícola-ganadera del país. Este certificado de carbono podrá monetizarse más pronto que tarde. Es un viejo anhelo de los mercados: institucionalizar mecanismos que estimulen procesos de cambio en la forma de hacer las cosas. Instrumentos concretos en la lucha contra el cambio climático global.

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Aquí lo estamos haciendo, querida Greta. Tenés un motivo para estar menos enojada. Avisale a los tuyos que, si quieren, podemos ayudarlos.